Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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¡Francamente! ¡Háblame francamente! La palabra es tuya, y al mismo tiempo quieres que te trate con miramiento, dices. Me acusas de ser brutal, y a la vez haces todo lo posible por volverme así aún más. Para un hombre con sentido común, es algo extraño y curioso a la vez el arte que despliegan las mujeres para forzarte a engañarlas; te vuelven hipócrita a tu pesar, y luego te acusan de haber mentido, de haberlas traicionado. ¡Pues no! Pobrecilla mía, no seré más explícito de lo que he sido, porque me parece que no puedo serlo más. Siempre te he dicho toda la verdad y nada más que la verdad. Si no puedo ir a París, como lo deseas, es porque debo permanecer aquí. Mi madre me necesita; la menor ausencia le hace daño. Su dolor me impone mil tiranías inimaginables. Lo que para otros sería nulo, es mucho para mí. No sé mandar a paseo a la gente que me suplica con cara triste y lágrimas en los ojos. Soy débil como un niño y cedo, porque no me gustan los reproches, los ruegos, los suspiros. El año pasado, por ejemplo, iba todos los días a navegar a vela. No corría riesgo alguno, ya que, además de mi talento marinero, soy un nadador de condición bastante notable. Pues este año se le ocurrió inquietarse. No me rogó que dejara de dedicarme a este ejercicio, que para mí y con mareas vivas, como ahora, está lleno de encantos; corto la ola que me moja rebotando en los flancos de la embarcación; dejo que el viento infle mi vela, que tiembla y se sacude con alegres movimientos; estoy solo, sin hablar, sin pensar, abandonado a las fuerzas de la naturaleza y gozando al sentirme dominado por ellas. Te digo que ella no me dijo nada al respecto. Sin embargo, metí todo mi equipo en el desván, y no hay día en que no tenga ganas de volver a cogerlo. No lo hago, para evitar ciertas alusiones y ciertas miradas; eso es todo. Del mismo modo, durante diez años me escondí mientras escribía, para evitar posibles burlas. Necesitaría un pretexto para ir a París, ¿cuál? En el viaje siguiente, otro; y así sucesivamente. Como sólo me tiene a mí para mantenerla unida a la vida, mi madre se pasa el día devanándose el seso sobre las desgracias y accidentes que pueden ocurrirme. Cuando necesito algo, no toco la campanilla, porque si ocurre, la oigo correr por la escalera, toda jadeante; viene a ver si no me encuentro mal, si no tengo un ataque nervioso, etc. Así que, por eso, me veo obligado a bajar yo mismo en busca de leña cuando me hace falta, de tabaco cuando tengo ganas de fumar, de velas cuando he agotado las mías. Una vez más, pobre cariño mío, te aseguro que si pudiera, no ya ir a París, sino vivir allí contigo, al menos cerca de ti, lo haría. Pero… pero… ¡ay! Recuerdo que hace unos diez años, en vacaciones, estábamos todos en El Havre. Mi padre se enteró de que una mujer que había conocido en su juventud, a los diecisiete años, vivía allí con su hijo, que entonces era actor en el teatro de la ciudad (creo que lo es aún, en el Gimnasio). Tuvo la idea de ir a verla de nuevo. Esa mujer, de célebre belleza en la región, había sido antaño su amante. No hizo lo que habrían hecho muchos burgueses; no se ocultó; era demasiado superior para eso. Conque fue a visitarla. Mi madre y nosotros tres permanecimos a pie firme, en la calle, esperándole; la visita duró cerca de una hora. ¿Crees que mi madre sintió celos, y que experimentó el menor despecho? No; y sin embargo lo amaba, lo amó tanto como una mujer ha podido jamás amar a un hombre, y no cuando eran jóvenes, sino hasta el último día, después de treinta y cinco años de unión. ¿Por qué te dueles tú de antemano por una nota de recuerdo que tengo la intención de mandar a la señora Foucaud? Hago más que mi padre, pues te introduzco como tercera en nuestra conversación, que se produce a través del Atlántico. Sí, quiero que leas mi carta, si le escribo una, si lo quieres, si comprendes de antemano el sentimiento que me impulsa a ello. Crees que en eso hay una falta de delicadeza para contigo. Yo habría creído lo contrario; habría visto en ello una prueba de confianza poco corriente. ¡Te entrego todo mi pasado! ¡Y eso te irrita! Te digo: ten, esto es lo que he amado, y a quien amo es a ti. ¡Y te hace daño! Palabra de honor, es como para perder la cabeza.


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