Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet […] No, no te reprocharé tus reproches. ¡Que su injusticia recaiga sobre ti! Temes que te envÃe asperezas; pues no, sólo te mando besos, sólo caricias. QuerrÃa poder enviarte una melodÃa lánguida para encantarte, como se hace con las criaturas al dormirlas, o uno de esos buenos perfumes que, a la vez que te hacen morir, parecen darte una nueva vida. ¿Por qué, alma mÃa, no quieres que vuelva a decirte que te amo? Por lo demás, ése es el sino de los sentimientos auténticos: no se creen. Si hubiera presumido, mentido o exagerado, quizá no tendrÃas en este momento todas esas dudas que te corroen. No sé qué decirte; con cualquier palabra temo hacer sangrar tu pobre corazón, sobre el que pongo el mÃo. Pero ¿tengo aspecto de mentiroso? Si no te quisiera, ¿te enviarÃa cartas como las mÃas, en que te lo digo todo, todo? ¡CuidarÃa mi estilo, redondearÃa mis frases! No, tú misma no te crees lo que dices. Son el hastÃo, el deseo, la desdicha de la vida, por último, quienes te hacen decir todo eso. ¿Es que no me conoces ahora? Cierto es que no soy tan fácil de conocer. ¿No estás segura de mÃ? Yo lo estoy de ti, de tu presente, de tu futuro, incluso de tu pasado. ¿Te he hecho acaso una sola pregunta sobre tu pasado? ¿Qué me importa? Lo tomo con lo demás, sin preocuparme; no tengo celos de nada, de nadie. Pienso en ti a todas las horas del dÃa. Tu imagen me sonrÃe, me acompaña, me rodea, duermo con ella. Es quien me despierta; tiñe mis dÃas con un reflejo sonrosado y suave. Si habÃas contado con hallar en mà la acritud de las pasiones adolescentes y su fogosidad delirante, tenÃas que haber evitado a este hombre que desde un principio se declaró viejo y mostró su lepra antes de pedir que lo amaran. He vivido mucho, Louise; mucho. Quienes me conocen con alguna intimidad se asombran de encontrarme tan maduro, y lo soy más aún de lo que piensan. Hace aún tres meses pensaba que habÃa terminado con las pasiones, y tenÃa buenas razones para creerlo. ¡Y crees que no he tenido por ti sino el capricho pasajero que te empuja a levantar las primeras faldas que aparecen, cuyo forro no conoces! Seré más alto o más bajo, pero no soy un hombre como los demás, y no se me debe querer como se quiere a todo el mundo. Me han atribuido sucesivamente, en sociedad, mil cualidades diversas, mil vicios grotescos. Todas estas tonterÃas tenÃan un punto de apoyo verosÃmil. Cuando sólo se mira la verdad de perfil o de tres cuartos, siempre se la ve mal. Hay poca gente que sepa contemplar de frente. ¡Tú te comportas como todos ésos! Pues, para que lo sepas, aunque quisieras no volver a amarme, me amarás siempre, ea, a tu pesar, y estoy orgulloso de ello. No hay quemadura sin cicatriz. Esto permanecerá, puesto que permanece en mÃ. Aunque estuviésemos diez años sin volver a vernos, nuestros átomos se atraerán apenas se rocen nuestros cuerpos; cuando se toquen nuestros labios, nuestras almas se mezclarán. ¿Recuerdas la noche de Mantes? ¿Recuerdas un grito de sorpresa que lanzaste en determinado momento, tan asombrada estabas de la fuerza humana? DecÃas que no habÃas soñado con que el amor llegara hasta ese punto. ¿Era vicio, acaso? Y sin embargo, ¿qué era?