Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Ahora, si te digo que permanezco tranquilo, que mis sentidos no me atormentan, te irritas y me acusas de frialdad. Es que hace tiempo que he educado mis nervios. A veces son ellos quienes se enfadan, y de ahà resulta el desorden de la máquina. AsÃ, de muy niño, yo era muy cobarde; temblaba en la oscuridad, y sentÃa vértigo para subirme a una escalera de mano. Desde el primer año en que accedà al colegio, me escapaba por la noche para ir a deambular solo por los patios, donde me morÃa de miedo; los jueves iba a los campanarios de las iglesias y me paseaba por las balaustradas, con riesgo de romperme el espinazo; todo ello para volverme valiente, y asà me he vuelto. Asà es como me habitué a aguantar el vino, el no dormir, la continencia más excesiva y ayunos muy largos. En cuanto al sentimiento, me ocurrió la misma historia. Antes de la muerte de mi padre y de mi hermana habÃa asistido a su entierro, y cuando se presentó el acontecimiento ya lo conocÃa. A lo mejor también hay burgueses que han podido decirte que yo parecÃa poco conmovido, o que no lo estaba en absoluto. A propósito de burgueses, olvida tus bromas sobre las herederas de aquÃ. ¿Me tomas acaso por un ser tan bobo como para apetecer la estima de mis conciudadanos, y ambicionar a sus hijas? Espero no casarme nunca jamás, y si quieres lo juro aquà mismo. Cuando quieras te daré las razones. Hubo un tiempo en que necesitaba tanto dinero que me habrÃa casado con cualquiera. Mi codicia ha acabado por convertirme en un hombre muy poco preocupado por la fortuna. Es lástima: tendrÃa buen aspecto en mi palacio, y habrÃa protegido las Artes. Pero ya sé que no te gusta que te hable de estas ideas. En eso mi madre es como tú. Es curioso que sea precisamente lo que me gusta lo que disgusta a quienes quiero. Es otra bendición más de mi espÃritu; cuando quiere ofrecer rosas, no da sino cardos.