Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Los númidas, dice Herodoto, tienen una extraña costumbre. De muy pequeños, les queman la piel del cráneo con carbones, para que después sean menos sensibles a la acción del sol, que es devoradora en su país. Imagínate que fui educado a la númida. ¿No era fácil decirles: no sentís nada, ni siquiera el sol os quema? Oh, no tengas miedo: mi corazón, por tener callo, no es menos bueno. ¡Pues no! Si me sondeo, no me encuentro mejor que mi vecino. Solamente poseo bastante perspicacia y algo de delicadeza en mis modales. Ya cae la noche. Me he pasado la tarde escribiéndote. A los dieciocho años, cuando volví del Sur, escribí durante seis meses cartas parecidas a una mujer a la que no amaba. Era para forzarme a quererla, para practicar un estilo serio, y ahora es todo lo contrario; el paralelismo se cumple. Una última palabra: tengo en París un hombre a mis órdenes, fiel hasta la muerte, activo, valeroso, inteligente; cuenta con él como si fuese conmigo. Mañana espero tus versos, y dentro de unos días tus dos libros. Adiós, piensa en mí; sí, bésate el brazo. Todas las noches leo tus obras. Busco en ellas rastros de ti, y a veces los encuentro. Adiós, adiós; apoyo mi cabeza en tus senos y te contemplo de abajo arriba, como una madonna.
Once de la noche.