Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me había hecho otra idea del amor. Creía que era algo independiente de todo, e incluso de la persona que lo inspira. La ausencia, el ultraje, la infamia, todo eso no le afecta. Cuando se ama, pueden pasarse diez años sin verse y sin sufrir por ello. Pretende usted que la trato como a una mujer de último rango. No sé lo que es una mujer de último rango, ni del primero, ni del segundo. Entre ellas, son relativamente inferiores o superiores por su belleza y por la atracción que ejercen sobre nosotros, eso es todo. Yo, a quien usted acusa de ser un aristócrata, tengo al respecto ideas muy democráticas. Es posible que, como usted dice, sea lo propio de los afectos moderados el ser duraderos. Pero en eso acusa usted a su afecto, ya que no lo es. Yo estoy harto de las grandes pasiones, de los sentimientos exaltados, de los amores furiosos y de las desesperaciones que aullan. Me gusta mucho, ante todo, el sentido común, quizá porque carezco de él.
No entiendo sus enojos, sus enfurruñamientos. Hace mal, pues es usted buena, excelente, amable, y uno no puede evitar censurarla por estropear todo eso sin motivo.
Cálmese, trabaje, y cuando vuelva a verla, acerqúese a mí con una carcajada, diciéndome que ha sido una tonta.
Lunes, tres de la tarde [sin fecha].