Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Te envío un beso en la frente y otros dos en las mejillas. Una vez más, qué desgraciado he sido al regalarte mi persona. Tú valías más. A cambio de tu oro te he dado estiércol. ¿Es culpa del estiércol el no ser ya paja fresca? Sí, sigamos siendo amigos, escribámonos de vez en cuando. Confía en mí siempre, como si aún permaneciera sobre ese pedestal en el que me había colocado tu amor. Ahora que está derribada la estatua, ¿verdad que no es de plata, sino de plomo? Parodiando un verso de Musset, puedo decir:
Llegaste demasiado tarde a un hombre demasiado viejo.
Si te hubiera considerado de índole más mediocre, te habría mentido. No he tenido valor; habría sido rebajarte. No estoy hecho ni para la felicidad ni para el amor, y jamás he disfrutado de ambos más que el olor, como los granujas que olfatean el tragaluz de Chevet. Suspiran por todo lo que allí se guisa; piensan: «¡Ay, si estuviera dentro, cómo me pondría! ¡Lo que comería!». Hazles bajar a la cocina, y ya no tienen hambre, porque el humo del carbón les da jaqueca. Si hubieras sabido conformarte con galanterías subidas de tono, con un poco de sentimentalismo y de poesía, quizá no habrías experimentado ese derrumbe que tanto te ha hecho sufrir. Pero el corazón es como la voz; cuando grita queda ronco.