Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Y yo también te quiero. Léela, esa palabra de la que eres tan ávida, y que no obstante te repito a cada línea. Pero cada uno, sabes, piensa, goza y ama, vive, en fin, según su naturaleza. No tenemos todos sino una jaula mayor o menor, donde toda nuestra alma se mueve y da vueltas; todo esto es cuestión de proporciones. Todo lo que nos asombra y escandaliza es lo que encanta y seduce a otros. El heroísmo de este corazón es el estado diario de aquél, y así sucesivamente. Yo a lo mejor no estoy hecho para amar, y sin embargo, siento que amo; tengo consciencia de ello, consciencia íntima y profunda. Tu recuerdo me ablanda; tus cartas me conmueven, y las abro palpitando; tu imagen me atrae allá. ¿Tú sientes todo eso? Pero quizá tengas razón; soy frío, viejo, hastiado, lleno de caprichos y de tonterías, y a lo mejor, también, egoísta. ¿Quién no lo es? Desde el bribón que machacaría a toda su familia para hacerse un consomé tónico, hasta el intrépido que se arroja bajo el hielo para salvar a unos desconocidos, ¿no busca cada uno según los apetitos de su naturaleza una satisfacción personal, que orienta en detrimento de los demás o en ventaja suya, según el objeto del acto? Pero el primer impulso es siempre del Yo, como diría el Filósofo, y converge para regresar a él. ¡Qué importa! Sea yo lo que soy o del todo distinto, no estás tratando con un ingrato. Uno se parece más o menos a un plato. Hay cantidad de burgueses que, para mí, representan la carne hervida: mucho humo, ningún jugo, nada de sabor. Llena en seguida, y alimenta a los patanes. También hay mucha carne blanca, muchos peces de río, anguilas sutiles que viven en el fango de los cursos de agua, ostras más o menos saladas, cabezas de ternera y papillas azucaradas. Yo soy como los macarrones al queso, que hacen hilos y apestan; hay que estar acostumbrado para apreciarlos. A la larga uno se acostumbra, después de haber sentido náuseas muchas veces. ¿Qué son esas tristes inclinaciones? ¿No valdría más tomar las peras que cuelgan de lo alto de los árboles, o los melones que amarillean sobre un buen estiércol?


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