Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Ay, cuando te vi embarcar, pobre amiga mía, tan linda en medio de este océano (recuerda mis primeras cartas), ¿acaso no te grité: «No, quédate en la orilla, aunque ahí tengas que vivir siempre pobre»?…
Ahora quítate de la mente esas suposiciones referentes a los influjos externos que actúan, crees, sobre mí: mi madre, Fidias, Max. No hay nada de eso, Max como los demás. Hasta ahora, no sé que nadie me haya hecho hacer algo, para bien o para mal, o que me haya dado siquiera una opinión. No me encrespo contra nada, pero es así, de la forma más natural, sin que yo sepa cómo.
En cuanto a tus discusiones con Max, debes pensar que, en todo este asunto, él iba a tu casa para servir tus intereses, no los suyos. Ha podido sentirse herido (ya que se hiere con bastante facilidad, en lo que diferimos, ves, a pesar del pacto que nos ata, como tú dices) por varias cosas vehementes que le has escrito, o incluso cansado de verse utilizado tan a menudo por mi culpa. El papel de confidente, si es honorable, no es siempre divertido, ni el de calumniado, por lo demás. El pobre muchacho te era totalmente adicto. Si se presentara la ocasión, lo sería de nuevo.