Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Mi usted no expresa tan bien lo que soy para ti como el tú. Te tuteo, pues, porque me inspiras un sentimiento especial y particular, para el que busco en vano un nombre exacto, sin poder hallarlo, y si te escribo no es, como dices, porque no tengo nada mejor que hacer, pues a menudo durante el dÃa te dedico pensamientos de afecto. SÃ, pienso en ti con frecuencia: te veo, en medio de tu triste vida, más entristecida por mÃ, sola en tu cuartito, sola en tu casa, aislada en tu corazón, que no tiene más habitantes que hastÃos y penas que yo he aumentado, Dios mÃo, que he aumentado. Esto es lo que me reprocho sin cesar. Pero, una vez más, ¿es culpa mÃa? Más adelante, si vivo, si tú envejeces, escribiré quizá toda esta historia, que ni siquiera lo es. Entonces nos parecerá acaso a nosotros mismos muy sencilla y natural. Vistas de lejos, las cosas toman proporciones regulares, y se cubren de un color normal. De cerca, en cambio, nos chocaba su discordancia y los tonos chillones que las abigarraban. Entérate, pues, de una vez por todas que jamás me he burlado de ti (jamás me he burlado de nadie, salvo de mà mismo) y que no has sido mi vÃctima. Creo no haber tenido aún ninguna. Al contrario, a veces yo he sido el engañado. Burlarme de ti, ¿por qué? No, tranquilÃzate, tranquilÃzate, y si dudas de mi amor, no dudes al menos de mi respeto. La palabra puede parecerte ridÃcula, pero es de una verdad intensa y profunda. SÃ, tu amor me inspira respeto porque me parece singularmente hermoso y sobrenatural. Me acusas de orgullo; todo el mundo me juzga igual. Pues bien, acepta esta confidencia: antes que tú, nadie me ha querido. En secreto, no lo sé; pero de hecho, no, nunca. Eres la primera y la única que he visto amarme como tú, de un modo tan doloroso y por consiguiente tan sólido. Te amo con los restos de mi corazón, que otros amores han devorado hasta el último hilo, y me conmuevo con una conmiseración amarga, una ternura acre, sintiendo que no tengo más que eso para satisfacer el apetito de tu alma. Como el oro está hueco, me acusas. Acusa a la propia vida, que es un triste placer. Me has quitado una opinión que yo tenÃa: y es que una mujer no podÃa prendarse de mà y conservar esa manÃa mucho tiempo, me parecÃa imposible. Pero preferirÃa haberme quedado en esa convicción. Sin embargo, siento que arrancarte de mà serÃa demasiado. Quédate, pues.