Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Quería hablarte de mi viaje, pero prefiero hacerlo sobre ti y nosotros. ¿Para qué me servirá el viaje? Para estar un poco más triste este invierno. ¡Ah, no hay sol! Luego la sombra es demasiado oscura. Olfateo el aire, aspiro el olor del espino blanco y de las aulagas, paseo a la orilla del mar, admiro los bosquecillos, los rincones de cielo lanudos, las puestas de sol sobre las olas y los fucos verdes que se agitan bajo el agua como la cabellera de las náyades, y por la noche me acuesto agotado en camas con dosel donde cojo pulgas. Ya está. Por lo demás, necesitaba aire. Me asfixiaba desde hace algún tiempo. Me preguntas si soy más feliz: no me quejo. Y si siento menos desilusiones: no siento ninguna. Francamente, he tenido pocas en la vida, pues nací con una provisión de ilusiones mediocre. Cuando se cuenta con poco, siempre se asombra uno de lo que encuentra. Mañana por la mañana, o mejor, dentro de unas horas (es tarde, todo duerme, y quizá tu también), salimos para Brest, donde no llegaremos hasta dentro de quince días, después de haber recorrido cerca de ochenta leguas a pie por la orilla del mar. Así que te escribiré en Brest; será una carta muy larga, espero.

Adiós, querida amiga, adiós, te beso en los ojos para enjugarlos si lloran.

Amistosos recuerdos de Max.

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Saint-Brieuc, 7 de julio [de 1847].


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