Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Esperaba carta en Brest; nada. ¿Tendré más suerte en Saint-Malo? ¿Qué pasa? ¿Estás enferma? ¿Qué te ha ocurrido? ¿Por qué este silencio? ¡Al menos tenías que haberme advertido! Si crees que mi amor se preocupa poco por ti, no obstante sería generoso y justo pensar que mi amistad puede inquietarse. ¿Has querido olvidarme mediante el silencio? ¡Al menos una palabra! Una palabra que me diga: «Ya no quiero pensar en ti, adiós». Yo no habría dicho nada. ¿Ha vuelto a herirte mi última carta? ¿Te ha ofendido de nuevo? Toda mi conducta para contigo es como la de un cirujano que atendiese a sus enfermos con guanteletes de hierro. Cada vez que me acerco a ti, te desgarro; entonces, retrocedo y me llamas —al menos me llamabas—, y me quedo, impotente y triste, mirando el daño que no puedo evitar y que lloro por no poder aliviar. Pues sí, si en mi corazón hay alguna dulzura, es para ti. Querría que fueses feliz. El hombre con el que sueño para ti, iría a buscártelo al cielo, si allá estuviese escondido, y si hubiera una escalera para subir. Ahora, con frecuencia, mientras camino en silencio durante horas enteras, bien por los senderos del campo, en medio de los trigales, bien arrastrando los pies por la arena, y escucho cómo se rompen las conchas bajo mis zapatos y cómo sopla el mar su cadencia allá fuera, vuelve a mí tu idea, me sigue, me acompaña. Evoco tu rostro, me pregunto qué haces, qué piensas, si es la hora en que sales… y luego, como mi pensamiento vuelve de ti hacia mí, me pongo más triste, más sombrío, me emociono… y añado para mí: ¡vamos! a lo mejor hace un rato ha compuesto un bonito verso, y lo relee entusiasmada, feliz, al menos en este minuto. ¡Que los demás transcurran iguales para ella! Si volviese a verte ahora, me parece que te explicaría un montón de cosas que se me ocurrirían y entenderías, y entonces ya no me acusarías, ya no llorarías. Si te he hecho daño, si he abierto en ti, en vez de esa fuente de alegría que el amor extrae de los corazones más áridos, el lago lúgubre de las desesperaciones latentes, si al querer apoyarte sobre mí para asentar tu alma no has hallado sino dolor y amargura, si te he mentido, finalmente, si soy la desilusión de lo que creías, ¡no estés resentida conmigo, no lo estés! Jamás quise herirte; jamás, ni siquiera en el fondo, ni siquiera en el rincón oscuro para todos, he albergado una inclinación perversa contra ti; y si he sido duro, es porque estoy enfermo, vaya. Dolorido, amargado, la vida me desloma como un trote demasiado duro que destroza los riñones. El único momento en que no sufro es cuando estoy solo. Los mejores afectos con frecuencia me irritan desmesuradamente. Por mucho que me aguante, sale demasiado.