Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Creo que la gente tiene razón al considerarme intolerante; pero no sabe, en compensación, todo lo que tolero sin decir nada. Adiós, amiga mía, adiós. Estaré en Rennes dentro de diez días, y no sé cuando volveré. ¿Quieres que te bese, eh? Bien, pues si aún temes que te excite, te beso en la mano, y aparta la cabeza.
Pontorson, miércoles, una de la tarde [14 de julio de 1847].
Te mando, querida amiga, una flor que cogí ayer al ponerse el sol en la tumba de Chateaubriand. La mar estaba hermosa, el cielo sonrosado, el aire tibio, era uno de esos grandes atardeceres de verano, llameante de colores, de un esplendor tan inmenso que resulta melancólico. Una de esas tardes ardientes y tristes como un primer amor. La tumba del gran hombre está sobre una gran roca, frente a las olas. Dormirá con su ruido, él solo, a la vista de la casa donde nació. Apenas he pensado más que en él todo el tiempo que he pasado en Saint-Malo, y esa idea de preocuparse por la propia muerte, y reservar el sitio de antemano para el más allá de aquí, que me resultaba bastante pueril, me pareció allá muy grande y muy hermosa, lo que me ha hecho dar vueltas a esta cuestión que no he resuelto: «¿Hay ideas idiotas y grandes ideas?». ¿Acaso no depende de cómo se lleven a cabo?