Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Tu historia del presidiario me conmovió hasta la médula de los huesos, y ayer, durante todo el dÃa, pensé en ella con tal intensidad que volvà a recorrer paso a paso toda su vida. A lo mejor la reconstruà tal como fue. (Asà como me ha ocurrido el acertar, al escribir un capÃtulo de cortesÃa, como decÃan antaño, diálogo y poses, con una fidelidad tan exacta, aunque yo no habÃa visto nada semejante, que un amigo casi se desmaya al leerlo, pues resultaba ser su historia.)
Pero, volviendo a nuestro hombre, ése sà que debe encontrar el estado social no muy a su gusto. ¡Pobre diablo! Me lo imagino al atardecer, a la hora en que todos regresan, a las seis, cuando se les cachea. ¡Cómo soñará con ParÃs, con su vida de antaño, con los teatros que se abren a esa hora, con los quinqués de candilejas y con la mujer que vio en ese ambiente, y por la que se abrió su abismo!
SÃ, me habrÃa gustado verlo en Brest, y además siempre es beneficioso el trato con esos hombres. La gente que medita, o sea, los champiñones intelectuales que se pudren en su sitio, como yo, hacen bien de vez en cuando en acercarse al fuego. Hace que despidan su jugo, luego quedan aún más secos.