Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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[…] Mejor para ti, que por fin se haya marchado el legítimo. Hay gente cuya presencia asfixia. Me alegro por ti de esa liberación. En efecto, no son las grandes desgracias las que deben temerse en la vida, sino las pequeñas. Temo más los alfilerazos que los sablazos. Igualmente, no se necesitan en todo momento abnegaciones y sacrificios, pero siempre nos hacen falta, por parte del prójimo, apariencias de amistad y de afecto, atenciones, en fin, buenos modos. Compruebo muy cruelmente lo cierto que eso resulta en mi familia, donde soporto ahora todos los fastidios y amarguras posibles. ¡Ay, el desierto, el desierto! ¡Una silla turca! ¡Un desfiladero en la montaña, y el águila que grita en una nube! ¿Has visto alguna vez, mientras paseabas bajo los acantilados, colgada de lo alto de una roca, una planta esbelta y retozona que derramaba sobre el abismo su cabellera oscilante? El viento la sacudía como para arrancarla, y ella se tendía en el aire como para marcharse con él. Una sola raíz imperceptible la clavaba a la piedra, mientras que todo su ser parecía dilatarse, irradiarse en derredor para volar a alta mar. ¿Y si un viento más fuerte se la lleva un día, qué será de ella? El sol la secará sobre la arena, la lluvia la pudrirá en jirones. Yo también estoy atado a un rincón de tierra, a un punto circunscrito en el mundo, y cuanto más atado me siento a él, más me vuelvo y revuelvo con furor hacia el sol y el aire. (Me acusas en tu corazón de no tener siquiera ganas de verte. Pero, aunque no se tratase de ti, de cualquier parte que me viniera, ¿crees que un poco de amor no me iría bien?) Y me pregunto: cuando esté rota toda ligadura, cuando haya lanzado sobre mi ciudad la maldición del adiós, ¿a dónde iré?


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