Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Si supieras, después de todo, qué vida es la mÃa! Cuando bajo por la noche después de una jornada de ocho horas de tarea, con la cabeza llena de lo que he leÃdo o escrito, preocupado, a menudo irritado, me siento a cenar frente a mi madre que suspira pensando en los sitios vacÃos, y la niña se pone a gritar o a llorar. Ahora tiene a menudo, en medio de sus indisposiciones, ataques de nervios mezclados con alucinaciones como las que yo tenÃa; y ahà estoy yo, método poco curativo para mà mismo; y, para terminar, otras mil cosas más.
Mi hermano y su mujer se portan más o menos con la mayor indelicadeza posible. He optado por tragármelo todo, para hacer creer a los demás que las pÃldoras son buenas, pero las hay duras de digerir. Todo esto me ofrece, en ocasiones, aspectos bastante grotescos que disfruto estudiando; es, al menos, una compensación. Por último, mi cuñado ha vuelto repentinamente de Inglaterra en un estado mental deplorable. Juega con su hija de modo que va a matarla (cosa que espero) y mi madre está en una perpetua angustia, de manera que siempre hay que estar aquÃ, con él, con ella o con ellos.
No sé por qué he tenido la flaqueza de hablarte de estas miserias, pobre ángel mÃo, como si no tuvieras bastante con las tuyas. Hablemos, mejor, de ti. ¿Cuándo estará terminado por fin tu drama? ¿Cuándo reúnes a tu Comité para leérselo? ¿Sigues contando con Rachel?