Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Pobre criatura! ¿Es que nunca querrá entender las cosas tal como se dicen? Estas palabras, que le parecen tan duras, no necesitan sin embargo excusas ni comentarios, y si son amargas no pueden serlo sino para mÃ. SÃ, querrÃa que no me amase y que jamás me hubiera conocido, y creo expresar en ello una lamentación tocante a su felicidad. Como querrÃa no ser amado por mi madre, no amarla, ni a ella ni a nadie en el mundo, querrÃa que no hubiese nada que saliera de mi corazón para ir a los demás, y nada que saliese del corazón de los demás para venir al mÃo. Cuanto más se vive, más se sufre. Para remediar a la existencia, ¿no se han inventado, desde que existe el mundo, mundos imaginarios, opio, tabaco, licores fuertes y éter? ¡Bendito sea quien descubrió el cloroformo! Los médicos objetan que se puede morir con él. ¡Pues de eso se trata! Es que usted no odia suficientemente la vida y todo lo que se vincula a ella. Me comprenderÃa mejor si estuviese en mi pellejo, y en lugar de una dureza gratuita viese una conmiseración emocionada, algo tierno y generoso, me parece. Me cree malo, o egoÃsta al menos, que sólo pienso en mà y me quiero a mà solo. Pues no más que los demás, mire; menos, quizá, si estuviese permitido el autoelogio. No obstante, me concederá el mérito de ser sincero. Quizá siento más de lo que digo, pues he relegado todo énfasis a mi estilo; ahà se queda, sin moverse. Cada uno sólo puede obrar dentro de su medida. No es a un hombre envejecido como yo en todos los excesos de la soledad, nervioso hasta el desvanecimiento, perturbado por pasiones contenidas, lleno de dudas internas y externas, no es a éste a quien debÃa amar. Yo la quiero como puedo; mal, no lo suficiente, lo sé, lo sé. ¡Dios mÃo! ¿De quién es la culpa? ¡Del azar! De esa vieja fatalidad irónica, que acopla siempre las cosas a mayor armonÃa del universo, y a mayor disgregación de las partes. No nos vemos sino entrechocándonos, y cada uno, llevando en las manos sus entrañas desgarradas, acusa al otro que recoge las suyas. Sin embargo hay dÃas buenos, minutos dulces. Me gusta su compañÃa, me gusta su cuerpo, sÃ, tu cuerpo, querida Louise, cuando, apoyado sobre mi brazo izquierdo, se vuelca con la cabeza hacia atrás y te beso en el cuello. No llores más, no pienses en el pasado ni en el porvenir, sino en hoy. «¿Qué es tu deber? La exigencia de cada dÃa», dijo Goethe. Soporta esa exigencia, y tendrás el corazón tranquilo.