Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Toma la vida de más arriba, sube a una torre y, aunque cruja la base, créela sólida; entonces ya no verás nada más que el éter azul a tu alrededor. Cuando no sea azul, será niebla; qué importa si todo desaparece, anegado en un vapor tranquilo. Hay que estimar a una mujer para escribirle cosas semejantes.
Me atormento, me rasco. A mi novela le cuesta arrancar. Tengo flemones de estilo, y la frase me pica sin salir. ¡Qué remo tan pesado es una pluma, y qué dura corriente es la Idea, cuando hay que penetrarla con tal remo! Me desespero tanto, que me divierto horrores. AsÃ, hoy he pasado un buen dÃa, con la ventana abierta, sol sobre el rÃo y la mayor serenidad del mundo. He escrito una página y esbozado otras tres. Dentro de quince dÃas espero estar encasquillado; pero el color en que me sumerjo es tan nuevo para mÃ, que abro ojos como platos.
Mi catarro toca a su decadencia; estoy bien. A mediados del mes próximo iré a ParÃs a pasar dos o tres dÃas. Trabaja, piensa en mÃ, no demasiado en tonos negros, y si te visita mi imagen, que te traiga recuerdos alegres. ¡Hay que reÃrse, caramba! ¡Viva la alegrÃa! Adiós. Un beso más. […]
[Croisset, comienzos de noviembre de 1851] Lunes por la noche.