Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Tendría que haber contestado ya a su larga y dulce carta que me ha emocionado, pobre querida mía. Pero yo mismo estoy tan cansado, tan aplanado, tan aburrido, que he de sacudirme enérgicamente para darle las gracias por haber leído tan aprisa Melanis. He abrazado de su parte al autor, al que ha conmovido tal simpatía. Es usted la primera que le aplaudía, entre el público. Y bien, ¿qué le parece? ¿Verdad que está hecho con bastante arrogancia? No puedo juzgar fríamente esta obra que se hizo ante mi vista, y a la que yo mismo contribuí mucho. Estoy demasiado en ella como para que me sea extraña. Durante tres años se trabajó al amor de una chimenea, estrofa a estrofa, verso a verso. Creo que puede decirse que esto anuncia a un poeta de altura. Hace algunos años, en provincias, éramos una pléyade de jóvenes extravagantes que vivíamos en un mundo extraño, se lo aseguro. Oscilábamos entre la locura y el suicidio. Hay quienes se mataron, otros murieron en su cama, uno se ahorcó con la corbata, varios reventaron de desenfreno, para ahuyentar el hastío. ¡Aquello era hermoso! No queda ya nada, sino Bouilhet y yo, que hemos cambiado tanto. Si alguna vez sé escribir, podré componer un libro sobre aquella juventud desconocida que crecía a la sombra, retirada, como champiñones inflados de tedio.