Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet El secreto de todo lo que en mí la sorprende, querida Louise, está en ese pasado de mi vida interior que nadie conoce. El único confidente que tuvo lleva enterrado cuatro años en un cementerio de aldea, a cuatro leguas de aquí. Cuando salí de aquella situación es cuando fui a París y conocí a Maxime. Tenía yo veinte años, y era del todo un hombre. Puede que él haya leído el libro pero no el prefacio, que recuerdo bien, pero que no sabría explicar con claridad. Melaenis, en resumen, es el último eco de muchos gritos que nos destrozaban el corazón. Tiene usted razón al decir que no tengo corazón. Me lo he devorado a mí mismo.
Hoy me siento ahogado en olas de amargura. La llegada de los ejemplares de Melaenis me ha producido un efecto de tristeza. Ayer nos pasamos toda la tarde sombríos como la placa de la chimenea. Nos causaba una impresión de prostitución, de abandono, de adiós, ¿comprende? Cuando recibí, al contrario, hace cuatro años el libro de Maxime, me temblaban las manos de gozo al cortar las páginas.
¿De dónde viene este hielo de ahora, impresión tan distinta de la otra? Le aseguro que todo esto no me excita en absoluto, y que tengo muchas ganas de convertirme en foca, como dice usted.