Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me pregunto para qué ir a engrosar la cifra de los mediocres (o de la gente de talento; son sinónimos) y atormentarme entre un montón de pequeños asuntos que hacen que me encoja de hombros de lástima. Está bien ser un gran escritor, tener a los hombres en la sartén de la frase y hacerlos saltar, como si fueran castañas. Debe de producir un orgullo delirante sentir que uno carga sobre la humanidad con todo el peso de su idea. Pero para eso hay que tener algo que decir. Y le confesaré que me parece que no tengo nada que no tengan los demás, o que no se haya dicho tan bien, o que no pueda decirse mejor. En esta vida que usted me predica, perdería lo poco que tengo; tomaría las pasiones de la multitud para agradarle, y bajaría a su nivel. Mejor quedarse al amor del fuego, haciendo Arte para uno solo, igual que se juega a los bolos. El Arte, a fin de cuentas, quizá no sea más serio que el juego de bolos. Todo no es quizá sino una inmensa broma; lo temo, y cuando estemos del otro lado de la página, nos sorprenderemos quizá muchísimo al averiguar que la clave del jeroglífico era tan sencilla. En medio de todo esto, adelanto trabajosamente en mi libro. Estropeo una cantidad de papel considerable. ¡Cuántas tachaduras! La frase es lentísima para venir. ¡Qué demonio de estilo he adoptado! ¡Condenados sean los asuntos sencillos! Si supiera cuánto me torturo con ellos, se apiadaría de mí. Ya estoy albardado al menos para un año largo.