Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet No sé cómo me he visto impulsado a leerte algo; perdóname esa debilidad. No he podido resistir a la tentación de hacer que me apreciaras. ¿Acaso no estaba seguro del éxito? ¡Qué puerilidad por mi parte! Tu idea de querer unirnos en un libro era tierna; me ha emocionado; pero no quiero publicar nada. Es un prejuicio, una promesa que me hice en una época solemne de mi vida. Trabajo con desinterés absoluto y sin segunda intención, sin preocupaciones ulteriores. No soy ruiseñor, sino curruca de grito agrio que se oculta en el fondo de los bosques para no ser oída sino por ella misma. Si un día salgo a la palestra, será con la armadura completa; pero nunca tendré bastante aplomo. Ya se apaga mi imaginación, flaquea mi elocuencia, mi propia frase me aburre, y si conservo las que escribí es porque me gusta rodearme de recuerdos, igual que no vendo mis trajes viejos. Vuelvo a verlos, a veces, al desván donde se guardan, y pienso en el tiempo en que eran nuevos, y en todo lo que hice cuando los llevaba.