Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Criatura, tu locura te arrastra. Cálmate; te irritas contra ti misma, contra la vida. Ya te había dicho yo que tenía más razón que tú. ¿También crees que yo no sea digno de lástima? No abuses de tus gritos; me desgarran. ¿Qué quieres hacer? ¿Puedo dejarlo todo e irme a vivir a París? Es imposible. Si fuera del todo libre, iría; sí, pues estando tú ahí no tendría valor para exiliarme, proyecto de mi juventud que un día llevaré a cabo. Quiero vivir en un país en que nadie me quiera, ni me conozca, donde mi nombre no haga vibrar cosa alguna, donde mi muerte, mi ausencia, no cuesten ni una lágrima. Me han querido demasiado, te das cuenta; tú me amas demasiado. Estoy saciado de ternura y, desgraciadamente, sigo necesitándola. Me dices que lo que yo necesitaba era un amor trivial; no necesitaba ninguno, o bien el tuyo, pues no puedo soñar con uno más completo, más entero, más hermoso. Ahora son las diez; acabo de recibir tu carta y de enviar la mía, la que he escrito esta noche. Apenas en pie, te escribo de nuevo sin saber lo que voy a decirte. Ya ves que pienso en ti. No te enfades cuando no recibas cartas mías. No es culpa mía. Esos días, quizá, son aquellos en que más pienso en ti. Tienes miedo de que esté enfermo, Louise querida. La gente como yo, por muy enferma que esté, no se muere. He sufrido toda clase de enfermedades y de accidentes: caballos muertos mientras los montaba, carruajes volcados, y jamás he sufrido un rasguño. Estoy hecho para llegar a viejo, y para ver cómo todo perece a mi alrededor y en mí mismo. He asistido ya a mil funerales interiores: mis amigos me abandonan uno tras otro, se casan, se van, cambian; apenas nos reconocemos, apenas si hallamos algo que decirnos. Pero ¿qué irresistible inclinación me ha empujado hacia ti? Por un instante he visto la sima, he comprendido el abismo, y luego el vértigo me ha arrastrado. ¡Cómo no amarte a ti, tan dulce, tan buena, tan superior, tan amante, tan hermosa! Recuerdo tu voz, cuando me hablabas, la noche de los fuegos artificiales. Para nosotros, era una iluminación, y como la inauguración resplandeciente de nuestro amor.


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