Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Tu piso se parece a uno que tuve en París durante cerca de dos años, en el 19 de la calle De l'Est. Cuando pases por allá, fíjate en el segundo. Desde allí, también, la vista abarcaba París. En verano, por la noche, miraba las estrellas, y en invierno la bruma luminosa de la gran ciudad que se alzaba por encima de las casas. Se veían, como desde tu casa, jardines, tejados y las lomas vecinas. Cuando entré en tu casa me pareció encontrarme de nuevo en mi pasado, haber regresado a uno de aquellos crepúsculos hermosos y tristes del año 1843, cuando aspiraba el aire en mi ventana, lleno de hastío y muerto de congoja. ¡Si te hubiese conocido entonces! ¿Por qué no fue así? Yo estaba libre, solo, sin parientes ni amante, porque nunca he tenido una amante. Vas a creer que miento. Jamás he dicho algo más exacto, y la razón es ésta.
Lo grotesco del amor me ha impedido siempre entregarme a él. A veces he querido agradar a las mujeres, pero la idea del extraño perfil que debía mostrar en ese momento me daba tanta risa, que toda mi voluntad se derretía al fuego de la ironía interior que cantaba en mí el himno de la amargura y de la burla. Solamente contigo no me he reído aún de mí mismo. Por eso, cuando te veo tan seria, tan completa en tu pasión, siento la tentación de gritarte: «¡Que no, que no, te equivocas, ten cuidado, ése no!…».