Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Desde el momento en que uno publica, se apea de su obra. La idea de permanecer toda la vida completamente desconocido no tiene nada que me entristezca. Con tal que mis manuscritos duren tanto como yo, eso es todo lo que quiero. Lástima que necesitarÃa una tumba demasiado grande; si no, los mandarÃa enterrar junto a mÃ, como hace un salvaje con su caballo.
Son esas pobres páginas, en efecto, las que me ayudaron a cruzar la larga llanura. Me dieron sobresaltos, cansancio en los codos y en la cabeza. Con ellas pasé tormentas, gritando yo solo en el viento y cruzando, sin mojarme siquiera los pies, pantanos en que los caminantes ordinarios permanecen enfangados hasta la boca.
He recorrido rápidamente el primer acto de La institutriz. He visto muchos eso, de los que abusas aún más que yo. Te la devolveré a fines de semana, con observaciones. El tomo de d'Arpentigny irá en el paquete.
Es un hombre heroico, ese buen hombre. Cualquier dÃa su interna se lo encontrará, una mañana, helado en la cama, y la vÃspera habrá estado cenando en otra casa, donde habrá dicho galanterÃas, contado historias, y habrá sido el más amable de la reunión. Estoy seguro de que a veces sufre mucho. Como las viejas coquetas, reventará en su corsé (quiero decir su saber estar), antes que confesar que tendrÃa que quitarse las botas y ponerse el gorro de algodón. […]