Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Charlemos un poco de Graziella. Es una obra mediocre, aunque sea lo mejor que ha escrito Lamartine en prosa. Hay bonitos detalles: el viejo pescador tendido de espaldas mientras pasan las golondrinas rozando sus sienes, Graziella atando su amuleto al lecho, trabajando el coral, dos o tres hermosas comparaciones de la naturaleza, como un relámpago a intervalos que se parece a un guiño, eso es casi todo. Y para empezar, hablando claro, ¿se la tira o no se la tira? No son seres humanos, sino muñecos. ¡Qué bonitas, esas historias de amor en que lo principal está tan rodeado de misterio que no sabe uno a qué atenerse, al quedar la unión sexual sistemáticamente relegada a la sombra, como beber, comer, mear, etc.! Esa actitud preconcebida me revienta. ¡Ahí está un tío que vive continuamente con una mujer que le ama y a la que ama, y nunca siente deseo! ¡Ni una nube impura viene a oscurecer este lago azulado! ¡Hipócrita! !Si hubiera contado la historia auténtica, cuánto más hermoso habría sido! Pero la verdad exige machos más velludos que el señor de Lamartine. En efecto, es más fácil dibujar un ángel que una mujer: las alas ocultan la chepa. Otra cosa: es en plena desesperación cuando visita Pompeya, el Vesubio, etc., lo que era una forma muy inteligente de instruirse, entre paréntesis. Y ahí, ni una palabra de emoción, mientras que al principio hemos aguantado el elogio de San Pedro de Roma, obra glacial y declamatoria, pero que hay que admirar. Entra dentro del orden: es una idea admitida. En este libro no hay nada que te agarre de las tripas. Habría podido hacer llorar con Ceceo, el primo desdeñado. Pues no. Y al final, ningún desgarramiento; por ejemplo, la exaltación intencionada de la sencillez (de las clases pobres, etc.) en detrimento del lustre de las clases acomodadas, el aburrimiento de las grandes urbes. Pero es que Nápoles no es aburrido en absoluto. Hay hembras encantadoras, y baratas. El señor de Lamartine era el primero en aprovecharse, y son tan poéticas en la calle de Toledo como en la Margellina. Pues no; hay que hacer algo convencional, falso. Las señoras han de leerle a uno. ¡Ah, mentira, mentira, qué idiota eres!