Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

Darías amor a un muerto. ¿Cómo quieres que no te ame? Tienes un poder de atracción capaz de hacer que se alcen las piedras a tu voz. Tus cartas me conmueven hasta las entrañas. ¡No temas que te olvide! Sabes muy bien que no se puede abandonar a temperamentos como el tuyo, esos temperamentos emocionados, emocionantes, profundos. Me detesto, me azotaría por haberte hecho sufrir. Olvida todo lo que te dije en la carta del domingo. Me dirigía a tu inteligencia viril, había creído que sabrías abstraerte de ti misma y comprenderme sin tu corazón. Has visto demasiadas cosas donde no había tantas, has exagerado todo lo que yo te había dicho. A lo mejor has creído que yo presumía, que me presentaba como un Antony de baja estofa. Me tratas de volteriano y de materialista. ¡Dios sabe, sin embargo, si lo soy! Me hablas también de mis gustos exclusivos en literatura, que deberían haberte hecho adivinar lo que soy en amor. Trato de averiguar en vano lo que eso significa. No entiendo nada. Al contrario, lo admiro todo, con la buena fe de mi corazón, y si algún valor tengo, es a causa de esa facultad panteísta y también de esa aspereza que te ha herido. Vamos, no hablemos más de ello. He hecho mal, he sido bobo. He hecho contigo lo que hice en otra época con mis seres más queridos: les mostré el fondo del saco, y el polvo acre que salía les irritó la garganta. ¡Cuántas veces, sin quererlo, hice llorar a mi padre, tan inteligente y tan agudo! Pero no entendía ni palabra de mi lengua, como tú, como los demás. Tengo la dolencia de haber nacido con un lenguaje especial, del que yo solo tengo la clave. No soy en absoluto desdichado; no estoy hastiado de nada; a todo el mundo le parece que mi carácter es muy alegre, pues nunca jamás me quejo. En el fondo no creo ser digno de compasión, pues no envidio nada y no quiero nada. Venga, no te atormentaré más; te tocaré suavemente, como a una criatura a quien se teme lastimar, guardaré en mi interior las púas que sobresalen. Con un poco de buena voluntad, el puercoespín no siempre pincha. Dices que me analizo demasiado; yo opino que no me conozco lo bastante; cada día encuentro algo nuevo en mí. Viajo por mí mismo como si de un país desconocido se tratase; aunque lo haya recorrido cien veces.


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