Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Esta manía del rebajamiento de la que hablo es profundamente francesa, país de la igualdad y la antilibertad. Pues en nuestra querida Patria se detesta la libertad. El ideal del Estado, según los socialistas, ¿no es una especie de gran monstruo que absorbe en él toda acción individual, toda personalidad, todo pensamiento, y que lo dirigirá todo, lo hará todo? En el fondo de estos corazones estrechos hay una tiranía sacerdotal: «Hay que regularlo todo, rehacerlo todo, reconstituir sobre otras bases», etc. No hay estupidez ni vicio que no saque provecho de estos sueños. Encuentro que ahora el hombre es más fanático que nunca, pero de sí mismo. No canta otra cosa, y en ese pensamiento que salta más allá de los soles, devora el espacio y bala en pos del infinito, como diría Montaigne, no encuentra nada más grande que esa misma miseria de la vida de la que trata incesantemente de zafarse. Así, desde 1830, Francia delira de un realismo idiota; la infalibilidad del sufragio universal está a punto de convertirse en un dogma que va a suceder al de la infalibilidad del Papa. La fuerza del brazo, el derecho del número, el respeto a la muchedumbre han sucedido a la autoridad del nombre, al derecho divino y a la supremacía de la mente. La conciencia humana no protestaba en la Antigüedad; la Victoria era santa, la daban los dioses, era justa; el hombre esclavo se despreciaba a sí mismo tanto como a su amo. En la Edad Media, aquella conciencia se resignaba y soportaba la maldición de Adán (en la que creo, en el fondo); durante quince siglos ha representado la Pasión, como un Cristo perpetuo que, a cada nueva generación, volvía a tenderse en su cruz.