Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet República o monarquía, no saldremos de aquí tan pronto. Es el resultado de un largo trabajo en el que ha participado todo el mundo desde De Maistre hasta el padre Enfantin, y los republicanos más que los demás. ¿Qué es, pues, la igualdad sino la negación de toda libertad, de toda superioridad y de la propia naturaleza? La igualdad es la esclavitud. Por eso amo el Arte. Ahí, al menos, todo es libertad en el mundo de las ficciones. Todo se sacia, se hace todo, se es a la vez el propio rey y el propio pueblo, activo y pasivo, víctima y sacerdote. No hay límites: la humanidad es para uno un muñeco con cascabeles, que se hace sonar al final de la frase, como un titiritero en la punta del pie (así, con frecuencia me he vengado de la vida; me he dado un montón de placeres con la pluma; me he regalado mujeres, dinero y viajes), como el alma encorvada se despliega en ese azul que no se detiene sino en las fronteras de la Verdad. En efecto, allá donde falta la forma, ya no hay idea. Buscar lo uno es buscar lo otro. Son tan inseparables como lo es la sustancia del color, y por eso el Arte es la verdad misma. Todo esto, desleído en veinte lecciones en el Colegio de Francia, me haría pasar, ante muchos jovencitos, señores gruesos y damas distinguidas, por un gran hombre durante quince días.