Cartas a Louise Colet

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Ya que estoy en vena de mal humor (y, francamente, me llena el corazón), lo agoto. «Los días de orgullo en que me buscan, me halagan», dices. ¡Vamos ya! Son días de debilidad, días de los que hay que avergonzarse. Tus días de orgullo, voy a indicártelos. ¡Éstos son tus días de orgullo! Cuando estás en casa al atardecer, con tu vestido más viejo, con Henriette que te fastidia, la chimenea que revoca humo, con problemas de dinero, etc., y te vas a acostar con el corazón oprimido y la cabeza cansada; cuando, mientras recorres una y otra vez tu cuarto, o miras cómo arde la leña, piensas que nada te sostiene, que no cuentas con nadie, que todo te abandona, y entonces, hundida la mujer, la musa brinca, y algo se pone a cantar en el fondo de ti, algo alegre y fúnebre como un canto de batalla, desafío hecho a la vida, esperanza de su fuerza, llamarada de las obras por venir. Si te sucede eso, ahí están tus días de orgullo; no me hables de otros orgullos. Déjalos a los débiles, al señor Énault que se sentirá halagado por entrar en la Revue de Paris, a Du Camp que está encantado de que le reciban en casa de la señora Delessert, en resumidas cuentas, a todos los que se honran lo bastante poco para que se pueda honrarlos. Para tener talento hay que estar convencido de que se posee, y para conservar la conciencia limpia hay que colocarla por encima de las de todos los demás. El modo de vivir con serenidad y al aire libre es instalarse sobre una pirámide cualquiera, no importa cuál, con tal que sea elevada y su base sólida. ¡Ah!, no siempre es divertido, y se está muy solo; pero se consuela uno escupiendo desde arriba.


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