Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet A propósito de Babinet, se me ocurren ideas al respecto. No se presta (en las ideas de la sociedad, y hay que pensar que sólo nosotros carecemos de esas ideas de sociedad) generalmente, digo, no se presta a una mujer El museo secreto de Nápoles, es decir, un álbum lúbrico, por nada. Eso crea entre el prestamista y la prestataria un compromiso (perdón, no quería hacer chistes, es un término jurídico). Hay un secretillo que nos ata, y referente al artículo, lo que es peor. Así que no te sorprendas si Babinet, uno de estos días, hace alguna tentativa. Todo el Instituto vendrá a arrodillarse en tu alfombra, está escrito. Por lo demás, ha tenido una bonita asociación de ideas. Buscaba El asno de oro. «No lo encuentro, pensó; veamos, ¿qué podría llevarle? Algo antiguo y sucio a la vez. ¡Ah! El museo secreto». Y se lo metió en el bolsillo.
El Capitán [d'Arpentigny] es un cuentista. Un hombre como él no se escandaliza por dos o tres palabras groseras que yo haya podido decir. Quiso charlar y verte la cara.
¡La carta de la señora Didier me ha divertido bastante! Ese fragmento de panfleto que cita quizá tenga razón. A lo mejor necesitamos a los bárbaros. La humanidad, anciano perpetuo, toma en sus agonías periódicas infusiones de sangre. ¡Qué bajo hemos caído! ¡Qué decrepitud universal!