Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me parece que hace diez años que no te he visto. En cuanto flaqueo, me gustaría apretarte contra mí. Pero ¿luego? ¡No, no! Los días de fiesta, lo sé, van seguidos de despertares tristes. La propia melancolía es sólo un recuerdo que se ignora. Nos volveremos a ver dentro de un año, maduros y granitizados. No te quejes de la soledad. Esa queja es un halago al mundo (si reconoces que lo necesitas para vivir, es colocarte por debajo de él). «Si tratas de agradar, dice Epicteto, ya estás caído». Aquí añado yo: si te hacen falta los demás, es que te pareces a ellos. ¡Que no sea así! En cuanto a mí, la soledad sólo me molesta cuando vienen a molestarme o cuando mi trabajo flojea. Pero tengo recursos ocultos con los que me doy cuerda, y después hay una subida proporcional. Con mi juventud, he abandonado los verdaderos sufrimientos; han bajado a los nervios, eso es todo. Adiós, querida, bienamada amiga. Te beso larga, tierna, ampliamente. […]
[Croisset] Domingo, once de la noche [19 de septiembre de 1852].