Cartas a Louise Colet

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Leo los viajes del presidente; es espléndido. Es preciso (y él lo hace bien) que se llegue a no tener ya ni una idea, a no respetar nada. Si toda moralidad es inútil para las sociedades del futuro, que, al estar organizadas como mecanismos, no necesitarán alma, él prepara el camino (hablo en serio, creo que es ésa su misión). A medida que la humanidad se perfecciona, el hombre se degrada. Cuando todo no sea ya más que una combinación económica de intereses bien compensados, ¿para qué servirá la virtud? Cuando la naturaleza sea tan esclava que haya perdido sus formas originales, ¿dónde estará la plástica?, etc. Mientras tanto, vamos a pasar a un buen estado opaco. Lo que me divierte en esto son las gentes de letras que creían ver volver a Luis XIV, a César, etc., en una época en que se ocuparían de arte, es decir, de estos señores. La inteligencia iba a florecer en un pequeño arriate anodino, cuidadosamente rastrillado por el señor Jefe Superior de Policía. ¡Ay! A Dios gracias, lo que queda de ellos no tiene la vida dura. Así que van a suprimir esos buenos diarios. ¡Lástima, eran tan independientes y tan liberales, tan desinteresados! Se burlaron del derecho divino y lo derribaron; luego exaltaron al pueblo, el sufragio universal, y finalmente llegó el orden. Hay que tener la convicción de que todo esto es tan bobo, gastado y vacío como el penacho blanco de Enrique IV y el roble de San Luis. ¡Muerte a los mitos! En cuanto a esa famosa frase: «¿Qué haréis después? ¿Qué pondréis a cambio?», me parece inepta e inmoral a la vez. Inepta, pues es creer que ya no brillará más el sol porque se hayan apagado las velas; inmoral, porque es calmar la injusticia con la cataplasma del miedo. ¡Y decir que todo esto, no obstante, procede de la literatura! ¡Pensar que lo peor del 93 viene del latín! La furia del discurso retórico y la manía de reproducir tipos antiguos (mal comprendidos) han empujado a naturalezas mediocres a excesos que no lo eran. Ahora vamos a volver a los jueguecitos de los antiguos jesuítas, al acróstico, a los poemas sobre el café o el ajedrez, a las cosas ingeniosas, al suicidio. Conozco a un alumno de la Escuela Normal que me ha dicho que habían castigado a uno de sus compañeros (que será dentro de seis meses profesor de retórica) como culpable de haber leído La nueva Eloísa, que es un mal libro. Estoy fastidiado por no saber lo que ocurrirá dentro de doscientos años.


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