Cartas a Louise Colet

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¡Conque el señorito Augier está empleado en la policía! ¡Qué puesto encantador para un poeta, y qué función tan noble e inteligente, la de leer los libros destinados a la venta ambulante! Pero ¿tienen algo en las venas esos tipejos? Son más burgueses que los vendedores de cirios. ¡Ahí va toda la literatura, pasando ante el capricho de ese señor! Pero tenemos un puesto, cierta importancia; cenamos con el ministro, etc. Y además, hay que decir la verdad, hay por el mundo una conjuración general y permanente contra dos cosas, a saber, la poesía y la libertad; la gente de buen gusto se encarga de exterminar a la primera, y la gente de orden, de perseguir la segunda. Nada gusta más a ciertas mentes francesas razonables, sin alas, mentes tísicas con chaleco de franela, que esta regularidad toda exterior que indigna tan vehementemente a la gente imaginativa. El burgués se tranquiliza al ver un gendarme, y el hombre culto se deleita ante un crítico; los caballos castrados son aplaudidos por los mulos. Entonces, ¿qué capacidad de fastidio le falta, para nosotros, al doble obstaculizador que posee a la vez, entre sus atribuciones, el sable del gendarme y las tijeras del crítico? Augier, sin duda, cree estar haciendo algo muy bueno, un acto de buen gusto, una prestación de servicios. La censura, sea cual sea, me parece una monstruosidad, algo peor que el homicidio; el atentado contra el pensamiento es un crimen de lesa alma. La muerte de Sócrates pesa aún sobre la conciencia del género humano, y la maldición de los judíos quizá no tenga otra significación: crucificaron al hombre-palabra, quisieron matar a Dios. Los republicanos, en este punto, me han indignado siempre. Durante dieciocho años, bajo Luis Felipe, ¡con qué declamaciones virtuosas no nos atontaron! ¿Quién arrojó los sarcasmos más pesados contra toda la escuela romántica, que no reclamaba en definitiva, como se diría ahora, más que el libre cambio? Luego, lo que resulta cómico son las grandes frases: «Pero ¿adonde iría a parar la sociedad?». Y las comparaciones: «¿Puede dejarse a los niños que jueguen con armas de fuego?». Esta buena gente piensa que la sociedad entera está sujeta con dos o tres tarugos podridos, y que, si se quitan, va a derrumbarse todo. La juzgan (y esto, según ideas antiguas) como un producto artificial del hombre, como una obra ejecutada conforme a un plan. De ahí las recriminaciones, maldiciones y precauciones. La voluntad individual de quien sea no tiene más influencia sobre la existencia o la destrucción de la civilización que sobre el crecimiento de los árboles o la composición de la atmósfera. Traeréis, oh gran hombre, un poco de estiércol aquí, un poco de sangre allá. Pero la fuerza humana, una vez que hayáis pasado, seguirá agitándose sin vos. Hará rodar vuestro recuerdo con todas las demás hojas secas. Vuestro rincón de cultura desaparecerá bajo la hierba, y vuestro pueblo bajo otras invasiones, vuestra religión bajo otras filosofías, y así siempre, siempre, invierno, primavera, verano, otoño, invierno, primavera, sin que las flores dejen de brotar y la savia de subir.


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