Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Por eso el Tío Tom me parece un libro estrecho. Está escrito desde un punto de vista moral y religioso; había que haberlo hecho desde un punto de vista humano. No necesito, para enternecerme ante un esclavo torturado, que ese esclavo sea buena persona, buen padre, buen esposo, cante himnos, lea el Evangelio y perdone a sus verdugos, lo que le convierte en algo sublime, en una excepción, y por eso en algo especial y falso. Las cualidades del sentimiento, y en este libro las hay grandes, habrían estado mejor empleadas si la finalidad hubiera sido menos restringida. Cuando ya no haya esclavos en América, esta novela no será más auténtica que todas las antiguas historias en que se representaba invariablemente a los mahometanos como monstruos. ¡Sin odio! ¡Sin odio! Por lo demás, es lo que constituye el éxito de este libro: es actual. La verdad desnuda, lo eterno, la Belleza pura no apasionan a las masas hasta ese extremo. La idea preconcebida de atribuir a los negros el aspecto moral bueno llega al absurdo en el personaje de Georges, por ejemplo, que cura a su asesino cuando debería pisotearlo, y que sueña con una civilización negra, un imperio africano, etc. La muerte de la joven Saint-Claire es la de una santa. ¿Y eso por qué? Yo lloraría más si se tratase de una niña ordinaria. El personaje de su madre es forzado, a pesar de las aparentes medias tintas que el autor ha puesto en ella. En el momento de la muerte de su hija ya no debe pensar en sus jaquecas. Pero hay que hacer reír al patio, como dice Rousseau.


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