Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Empiezo por devorarte a besos, de pura alegría. Tu carta de esta mañana me ha quitado del corazón un peso tremendo. Ya era hora. Ayer no pude trabajar en todo el día… A cada movimiento que hacía (y esto es textual) me saltaba el cerebro dentro del cráneo, y tuve que acostarme a las once. Tenía fiebre, y una postración general. Hace tres semanas que sufría unas aprensiones terribles: no despensaba en ti ni un minuto, pero de modo poco agradable. Ah, sí, esta idea me torturaba; he tenido luces ante los ojos dos o tres veces, el jueves entre otros días. Haría falta todo un libro para desarrollar de manera comprensible mis sentimientos al respecto. La idea de dar la vida a alguien me produce horror. Me maldeciría si fuese padre. ¡Un hijo mío! ¡Oh, no, no, no! ¡Perezca toda mi carne, y que no transmita a nadie el hastío y las ignominias de la existencia! Todas mis purezas de alma se rebelarían ante esta hipótesis. Y además, y además… En fin, ¡alabado sea Dios! No hay nada que temer. ¡Benditos sean los casacas rojas!