Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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También tenía una idea supersticiosa: mañana cumplo treinta y un años. Acabo de pasar, pues, ese año fatal, los treinta, que clasifica a un hombre. Es la edad en que uno se dibuja para el futuro, en que se sienta cabeza; se casa uno, escoge una profesión. A los treinta años hay poca gente que no se convierta en burguesa. Y esa paternidad me habría hecho entrar en las condiciones ordinarias de la vida. Mi virginidad, con relación al mundo, quedaba aniquilada, y eso me hundía en la sima de las miserias comunes. Pues bien, hoy la serenidad me desborda. Me siento tranquilo y radiante. Ya ha pasado toda mi juventud sin una mancha ni una flaqueza. Desde mi infancia hasta la hora presente no hay más que una gran línea recta. Y como no he sacrificado nada a las pasiones, como nunca he dicho «la juventud ha de pasar», la juventud no pasará. Aún estoy todo lleno de frescor, como una primavera. Tengo en mí un gran río que fluye, algo que hierve sin cesar y no se agota. Estilo y músculos, todo está aún flexible, y si los cabellos se me caen de la frente creo que mis plumas aún no han perdido nada de su melena. Un año más, mi pobre y querida Louise, mi mujer bienamada, y pasaremos largos días juntos.





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