Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Tu joven inglesa me inspira, sin conocerla, una gran compasión, a causa de todas las decepciones que deben esperarla. Si no es estúpida, terminará por enamorarse de algún intrigante, dueño de un semblante pálido y autor de versos dirigidos a las estrellas comparándolas a mujeres, que se le comerá el dinero, y la dejará después con sus hermosos ojos para que llore, y su corazón para que sufra. ¡Cuántos tesoros se pierden en la juventud! ¡Y decir que el viento es el único en recoger y llevarse los más bellos suspiros de las almas! Pero ¿hay algo mejor y más dulce que el viento? También yo he sido de una estructura parecida. Era como las catedrales del siglo XV, lanceolado, fulgurante. BebÃa sidra en una copa de plata dorada. TenÃa una calavera en mi cuarto, sobre la que habÃa escrito: «Pobre cráneo vacÃo, ¿qué quieres decirme con tu mueca?». Entre el mundo y yo existÃa no sé que vidriera, pintada de amarillo, con rayas de fuego y arabescos de oro, de forma que todo se reflejaba en mi alma como en las losas de un santuario, embellecido, transfigurado y melancólico no obstante, y allà no moraba sino lo bello. Eran sueños más majestuosos y más elegantes que cardenales con mantos de púrpura. ¡Ah, qué estremecimientos de órgano! ¡Qué himnos! ¡Y qué dulce olor de incienso que se exhalaba de mil cazoletas siempre abiertas! Cuando sea viejo, me dará calor el escribir todo esto. Haré como los que, antes de partir para un largo viaje, van a despedirse de las tumbas queridas. Yo, antes de morir, visitaré de nuevo mis sueños.