Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet De nuestro lado está la franqueza, a falta de delicadeza; y no obstante obramos mal, pues esa sinceridad resulta dura. Si yo hubiera omitido al escribir mis impresiones femeninas, nada te habrÃa ofendido. Las mujeres se lo guardan todo en el saco. Jamás se saca de ellas una confidencia Ãntegra. Lo más que hacen es dejar adivinar, y cuando te cuentan las cosas, lo hacen con tal salsa que la carne desaparece. Pero nosotros, por dos o tres tristes polvos en que no habÃa corazón, ¡el suyo se pone a gemir! ¡Qué extraño! ¡Qué extraño! Me estrujo los sesos tratando de entender todo eso, y sin embargo, he pensado mucho en ello durante mi vida. En fin (y aquà hablo con tu cerebro, querida y bondadosa mujer), ¿por qué ese monopolio del sentimiento? ¿Estás celosa de la arena en que he apoyado los pies, sin que me haya entrado un solo grano en la piel, mientras que yo llevo en el corazón una ancha muesca hecha por ti? HabrÃas querido que mi pluma mencionase tu nombre con más frecuencia. Pero advierte que no he escrito ni un solo comentario. Sólo formulaba del modo más corto posible lo indispensable, es decir, la sensación, y no el sueño, ni el pensamiento. Pues bien, tranquilÃzate, he pensado con frecuencia en ti, a menudo, muy a menudo. Si antes de partir no fui a decirte adiós, ¡es porque estaba ya de sentimientos hasta las orejas! De ti me habÃa quedado una gran acritud; me habÃas irritado largamente, preferÃa no volverte a ver, aunque hubiese tenido ganas muchas veces. La carne me llamaba, pero los nervios me retenÃan. Y de todo esto salÃa una ternura que, alimentándose del recuerdo, no necesitaba expansión. Me habÃa prometido abstenerme de ti, tan violentos e incompatibles eran los sentimientos que habÃa experimentado hacia ti. La batalla era demasiado ruidosa. Yo habÃa desertado la plaza, es decir, que habÃa encerrado todo esto bajo llave para no volver a oÃr hablar de ello, y solamente contemplaba de vez en cuando tu querida imagen, tu hermosa y buena cara, por un tragaluz de mi corazón que habÃa quedado abierto. Y además, siempre he odiado las cosas solemnes. Nuestra despedida lo habrÃa sido. Soy supersticioso al respecto. Nunca, antes de ir a batirme en duelo, si voy, haré testamento; todos estos actos serios traen la desgracia. Además, huelen a colgaduras. A la vez me dan miedo y me fastidian. Asà que, cuando dejé a mi madre, asumà de inmediato mi papel de viajero. Todo quedaba atrás, me habÃa marchado. Entonces, durante cuatro o cinco dÃas en ParÃs, la corrà como un marinero. Y cuando desapareció Francia de mi vista, detrás de las islas de Hyères, estaba menos emocionado y menos pensativo que las tablas del barco que me transportaba. Tal es la psicologÃa de mi partida. No la disculpo, la explico.