Cartas a Louise Colet

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En cuanto a Ruchuck-Hánemam, cálmate y rectifica a la vez tus ideas orientales. Convéncete de que ella no sintió nada en absoluto; en lo moral, respondo de ello, e incluso en lo físico, lo dudo mucho. Nos consideró muy buenos cawadja (señores) porque le dejamos bastantes piastras, eso es todo. La obra de Bouilhet es muy hermosa, pero es poesía y nada más. La mujer oriental es una máquina, y nada más; no hace ninguna diferencia entre un hombre y otro. Fumar, ir al baño, pintarse los párpados y beber café, tal es el círculo de ocupaciones en el que gira su existencia. En cuanto al goce físico, también él debe de ser muy ligero, puesto que les cortan de muy jóvenes el famoso botón que es la sede de tal goce. Y eso es lo que hace tan poética desde cierto punto de vista a esta mujer: encaja absolutamente en la naturaleza.

He visto bailarinas cuyos cuerpos se balanceaban con la regularidad o la furia insensible de una palmera. Ese ojo tan lleno de profundidades, y en el que hay espesores de matices, como en el mar, no expresa nada sino la calma, la calma y el vacío, como el desierto. Los hombres son iguales. ¡Cuántas cabezas admirables que parecen hacer rodar, por dentro, los más grandes pensamientos del mundo! Pero golpeadlas, y no saldrá de ellas más que de una jarra sin cerveza o de un sepulcro vacío.


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