Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¿De qué depende, pues, la majestuosidad de sus formas, de dónde resulta? Quizá de la ausencia de toda pasión. Tienen esa belleza de los toros que rumian, de los lebreles que corren, de las águilas que planean. El sentimiento de la fatalidad que los llena, la convicción de la nada del hombre da asà a sus actos, a sus posturas, a sus miradas, un carácter grandioso y resignado. Las prendas flojas y que se prestan a todos los movimientos están siempre en relación con las funciones del individuo por su lÃnea, con el cielo por su color, etc., y además, ¡el sol!, ¡el sol! ¡Y un inmenso hastÃo que lo devora todo! Cuando componga poesÃa oriental (pues yo también lo haré, ya que está de moda y todo el mundo la compone), eso es lo que trataré de destacar. Hasta ahora se ha comprendido Oriente como algo que reluce, aullante, apasionado, entrecortado. No se ha visto en él más que bayaderas y sables curvos, fanatismo, voluptuosidad, etc. En pocas palabras, no se ha pasado de Byron. Yo lo he sentido de modo distinto. Lo que me gusta, al contrario, en Oriente, es esa grandeza que se ignora a sà misma, y esa armonÃa de cosas heterogéneas. Recuerdo a un bañero que tenÃa en el brazo izquierdo un brazalete de plata, y en el otro una úlcera. Ése es el Oriente auténtico, y por ello poético: bribones con harapos de pasamanerÃa y completamente cubiertos de parásitos. Dejad en paz los parásitos: al sol, trazan arabescos de oro. Me dices que las chinches de Ruchuck-Hánem la degradan, para ti; a mà eso es lo que me encantaba. Su olor nauseabundo se mezclaba con el perfume de su piel chorreante de sándalo. Quiero que haya una amargura en todo, una eterna pitada en medio de nuestros triunfos, y que la propia desolación esté en el entusiasmo. Eso me recuerda a Jaifa, donde al entrar yo aspiraba a la vez el olor de los limoneros y el de los cadáveres; el cementerio destrozado dejaba ver los esqueletos medio podridos, mientras que los arbustos verdes balanceaban por encima de nuestras cabezas sus frutos dorados. ¿No sientes lo completa que es esa poesÃa, y que es la gran sÃntesis? Todos los apetitos de la imaginación y del pensamiento se sacian a la vez en ella; no deja nada tras de sÃ. Pero la gente de gusto fino, la gente de embellecimiento, de purificaciones, de ilusiones, los que hacen manuales de anatomÃa para señoras, ciencia al alcance de todos, sentimientos coquetones y arte amable, cambian, raspan, quitan, ¡y se pretenden clásicos, los desgraciados! ¡Ah, como querrÃa ser un sabio! HarÃa un hermoso libro con este tÃtulo: De la interpretación de la Antigüedad. Pues estoy seguro de hallarme en la tradición; lo que yo añado es el sentimiento moderno. Pero, una vez más, los antiguos no conocÃan ese pretendido género noble; para ellos no habÃa nada que no pudiera decirse. En Aristófanes cagan en el escenario. En el Ayax de Sófocles, la sangre de los animales degollados corre en torno a Ayax, que llora. ¡Y pensar que se consideró atrevido a Racine por haber puesto perros! Cierto es que los habÃa realzado como devorantes… Tratemos, pues, de ver las cosas como son, sin querer ser más ingeniosos que Dios nuestro señor. Antes se creÃa que sólo la caña daba azúcar. Ahora el azúcar se obtiene casi de todo; lo mismo sucede con la poesÃa. Saquémosla de cualquier cosa, pues yace en todo y por doquier: no hay un átomo de materia que no contenga el pensamiento; y hemos de acostumbrarnos a considerar el mundo como una obra de arte cuyos procedimientos hemos de reproducir en nuestras obras.