Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me gusta mucho De Lisie por su libro, por su talento y también por su prefacio, por sus aspiraciones. Pues por eso valemos algo, por la aspiración. Un alma se mide por la dimensión de su deseo, igual que se juzga de antemano a las catedrales por la altura de sus campanarios. Y por eso odio profundamente la poesÃa burguesa, el arte doméstico, aunque lo cultive. Pero, desde luego, será la última vez; en el fondo me da asco. Este libro, todo hecho de cálculo y de astucias de estilo, no es de mi sangre, no lo llevo en mis entrañas, siento que es, por mi parte, una cosa deliberada, falsa. Será quizás una proeza que admirarán ciertas personas (y aun, en pequeño número); otras encontrarán en él alguna verdad en los detalles y la observación. Pero ¡aire, aire! Los grandes giros, los perÃodos anchos y llenos que se desenvuelven como rÃos, la multiplicidad de las metáforas, los grandes destellos del estilo, todo lo que me gusta, en suma, no estará. Sólo que quizá saldré preparado para escribir después algo bueno. Tengo muchos deseos de que pasen unos quince dÃas, con el fin de leerle a Bouilhet todo este comienzo de la segunda parte (lo que supondrá ciento veinte páginas, el trabajo de diez meses). Temo que no haya mucha proporción, pues para el cuerpo mismo de la novela, para la acción, para la pasión actuante, me quedarán apenas de ciento veinte a ciento cuarenta páginas, mientras que los preliminares tendrán más del doble. He seguido, de eso estoy seguro, el orden auténtico, el orden natural. Durante veinte años se lleva dentro una pasión adormecida que no actúa sino un solo dÃa, y muere. Pero la proporción estética no es la fisiológica. Moldear la vida, ¿es idealizarla? ¡Mala suerte, si el molde es de bronce! Ya es algo; tratemos de que sea de bronce.