Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet He contemplado no sin cierto placer mis espalderas destruidas, todas mis flores rotas en pedazos, el huerto patas arriba. Viendo todos estos arreglos artificiales del hombre, que cinco minutos de la naturaleza han bastado para trastornar, admiraba el orden auténtico restableciéndose por encima del orden falso. Estas cosas que nosotros atormentamos, árboles podados, flores que crecen donde no quieren, verduras de otros países, han tenido en este bufido atmosférico una especie de revancha. Ahí hay un carácter de gran farsa que nos hunde. ¿Hay algo más estúpido que las campanas para melones? ¡Pues esas pobres campanas de vidrio las han pasado canutas! ¡A qué fantasías tan poco utilitarias se abandona, cuando le viene la tentación, esa naturaleza sobre cuya espalda nos montamos, y que explotamos tan despiadadamente, que afeamos con tanto aplomo, que despreciamos con tan bonitos discursos! Eso es bueno. Se cree, de modo demasiado general, que el sol no tiene otra finalidad aquí abajo más que la de hacer crecer las coles. De vez en cuando hay que volver a colocar a Dios en su pedestal. Por eso se encarga de recordárnoslo, enviándonos por aquí y por allá alguna peste, cólera, conmoción inesperada y otras manifestaciones de la Regla, a saber el Mal-contingente que quizá no sea el Bien-necesario, pero que a fin de cuentas es el Ser: cosa que los hombres consagrados a la Nada comprenden poco.