Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Mientras yo te reprochaba tu carta, querida Musa, tú te la reprochabas a ti misma. No puedes creer cuánto me ha conmovido eso, no por el hecho en sí (estaba seguro de que, al considerar la cosa en frío, no tardarías en mirarla con los mismos ojos que yo), sino a causa de la simultaneidad de impresión. Pensamos al unísono. ¿Te has dado cuenta? Si nuestros cuerpos están lejos, nuestras almas se tocan. La mía está a menudo con la tuya, mira. Esta penetración sólo ocurre en los viejos afectos. Así, se entra uno en el otro, a fuerza de apretarse. ¿Has observado que el propio físico lo acusa? Los viejos esposos acaban por parecerse. ¿No tienen el mismo aire todas las personas de idéntica profesión? A Bouilhet y a mí a menudo nos toman por hermanos. Estoy seguro de que hace diez años esto habría sido imposible. La mente es como una arcilla interior. Desde dentro, empuja a la forma y la moldea a su imagen. Si alguna vez te has levantado mientras escribías, en los buenos momentos de elocuencia, cuando te llenaba la idea, y te has mirado entonces en el espejo, ¿no te has quedado de pronto asombrada de tu belleza? Había como una aureola en torno a tu cabeza, y tus ojos agrandados despedían llamas. Era el alma que salía. La electricidad es lo que más se parece al pensamiento. Como él, sigue siendo hasta hoy una fuerza bastante fantástica. Esas chispas que brotan del cabello cuando hace mucho frío de noche quizá tengan una relación más estrecha que la de un puro símbolo con la antigua fábula de los nimbos, de las aureolas, de las transfiguraciones. ¿Por dónde iba yo? Por la influencia de un hábito intelectual. Traslademos eso al oficio. ¡Qué artista sería uno si jamás hubiera leído más que cosas bellas, visto más que belleza y amado solamente lo bello; si algún ángel de la guarda de la pureza de nuestra pluma hubiera alejado de nosotros, desde el comienzo, todos los malos conocimientos; si jamás hubiera uno tratado con imbéciles, ni leído periódicos! Los griegos tenían todo esto. En cuanto a plástica, estaban en unas condiciones que no volverán a producirse. Pero querer calzarse sus botas es demencia. En el norte no son clámides lo que se precisa, sino pellizas de piel. La forma antigua es insuficiente para nuestras necesidades, y nuestra voz no está hecha para cantar esos aires sencillos. Seamos tan artistas como ellos, si podemos, pero de otro modo. La conciencia del género humano se ha ensanchado desde Homero. El vientre de Sancho Panza hace crujir el cinturón de Venus. En lugar de emperrarnos en reproducir viejas elegancias, hay que esforzarse por inventar otras nuevas. Creo que De Lisie está un poco en estas ideas. No tiene el instinto de la vida moderna, le falta corazón; no quiero decir con eso la sensibilidad individual o incluso humanitaria, no, sino el corazón, en el sentido casi médico del término. Su tinta es pálida. Es una musa que no ha tomado bastante el aire. Los caballos y los estilos de raza tienen las venas llenas de sangre, y se la ve latir bajo la piel y las palabras, desde la oreja hasta los cascos. ¡La vida, la vida! ¡Todo está ahí! Por eso me gusta tanto el lirismo. Me parece la forma más natural de la poesía. Ahí está desnuda del todo, y en libertad. Toda la fuerza de una obra reside en este misterio, y es esa cualidad primordial, ese motus animi continuas (vibración, movimiento continuo del espíritu, definición de la elocuencia por Cicerón), quien da la concisión, el relieve, los giros, los impulsos, el ritmo, la diversidad. ¡No hace falta gran malicia para hacer crítica! Se puede juzgar la bondad de un libro por el vigor de los puñetazos que te ha dado y por el tiempo que tardas luego en recuperarte. Por eso, ¡qué excesivos son los grandes maestros! Van hasta el último límite de la idea. Se trata en Pourceaugnac de hacer que un hombre tome una lavativa. ¡No es una lavativa lo que se trae, no, sino que toda la sala se verá invadida de jeringas! Los tipos de Miguel Ángel tienen cables, más que músculos. En las bacanales de Rubens mean en el suelo. Véase todo Shakespeare, etc., etc., y el último de los miembros de la familia, el viejo tío Hugo. ¡Qué hermosura es Notre Dame! Últimamente he releído tres capítulos, entre otros el saqueo de los truhanes. ¡Eso sí que es fuerte! Creo que el rasgo mayor del genio es, ante todo, la fuerza. Así que lo que más detesto en las artes, lo que me crispa, es lo ingenioso, lo ocurrente. Qué diferencia con el mal gusto, que es, por su parte, una buena cualidad descarriada. Pues para tener lo que se llama mal gusto hay que tener poesía en el cerebro. Pero el ingenio, al contrario, es incompatible con la auténtica poesía. ¿Quién ha tenido más ingenio que Voltaire, y quién ha sido menos poeta? Y en este país encantador, Francia, el público no admite la poesía más que disfrazada. Si se la dan cruda, refunfuña. Hay que tratarlo, pues, como a los caballos de Abbas-pacha, a los que sirven, para hacerlos vigorosos, bolitas de carne envueltas en harina. ¡Eso es Arte! ¡Saber hacer la envoltura! Y no obstante, no temáis, ofreced esta harina a los leones, a los bocazas; se arrojarán sobre ella desde veinte pasos de distancia, al reconocer el olor.