Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet […] Te has equivocado extrañamente sobre lo que yo decía con relación a Leconte. ¿Por qué quieres que no sea yo sincero en todas estas cuestiones? No puedo (y sobre todo contigo, a riesgo de las deducciones forzadas y lejanas alusiones que sacas) disfrazar mi pensamiento. En estas cosas expreso lo que a mí me parece la regla. ¿Por qué quieres siempre entrar en ella? Cuando hablo de mujeres, te pones en fila. Haces mal; me incomoda. Había dicho que Leconte me parecía necesitar el elemento alegre en su vida. No había insinuado que necesitaba una modistilla. ¿Me tomas por un partidario de los amores ligeros, como J.-P. de Béranger? Como a ti, la castidad absoluta me parece preferible (moralmente) al desenfreno. Sin embargo, el desenfreno (si no fuera mentira) sería algo hermoso, y es bueno, si no practicarlo, al menos soñarlo. ¿Que se cansa uno pronto de él? De acuerdo. Y los condicionales que me planteas a este respecto ni siquiera pueden aplicarse, pues esas pobres criaturas, de las que siempre hablas con un desprecio un poco burgués, exhalan para mí tal perfume de aburrimiento que ahora, por mucho que me esforzase, mis sentidos se niegan. Pero todo el mundo no ha pasado por ti. (No te preocupes del porvenir, anda; siempre seguirás siendo la legítima.) Y persisto en sostener que si pudieras ofrecer a Leconte algo hermoso y violento, carnalmente hablando, le haría bien. Un viento cálido tendría que disipar las brumas de su corazón. ¿No ves que ese pobre poeta está cansado de pasiones, de sueños, de miserias? Ha tenido un gran exceso de corazón; un amor pequeño le inspiraría lástima; los excesivos son peligrosos, un poco de farsa no le perjudicaría. Le deseo una querida sencilla de corazón y escasa de cabeza, muy buena chica, muy lasciva, muy hermosa, que le quiera poco y a la que él quiera poco. Necesita tomar la vida por el término medio, con el fin de que su ideal permanezca alto. Cuando Goethe se casó con su criada, acababa de pasar por Werther, y era un hombre de una pieza, que lo razonaba todo.