Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Es una dulce atención por tu parte el enviarme cada mañana el relato de lo que hiciste la víspera. Por uniforme que sea tu vida, al menos tienes algo que decirme de ella. Pero la mía es un lago, una charca estancada a la que nada mueve y de la que nada sale. Cada día se parece al anterior; puedo decir lo que haré dentro de un mes, de un año, y esto me parece no solamente prudente, sino feliz. Así que casi nunca tengo nada que contarte. No recibo visita alguna, no tengo amigos en Ruán; nada penetra hasta mí desde el exterior. No hay oso blanco, subido en su hielo polar, que viva en un olvido de la tierra más profundo que yo. Mi naturaleza me lleva a ello desmedidamente, y en segundo lugar, conseguirlo ha requerido su arte. Me he cavado mi agujero y en él me quedo, velando por que haga siempre la misma temperatura. ¿Qué me enseñarían esos famosos periódicos, que tanto deseas verme tomar por la mañana, con una rebanada de pan y mantequilla y una taza de café con leche? ¿Qué me importa todo lo que dicen? Las noticias me inspiran poca curiosidad; la política me carga; hago pestes de las novelas por entregas; todo eso me embrutece o me irrita. Me hablas de un terremoto en Livorno. Aunque abriera la boca al respecto, para dejar escapar las frases consagradas en semejante caso: «¡Es lamentable! ¡Qué horrible desastre! ¿Será posible? ¡Ay, Dios mío!», ¿devolvería a la vida a los muertos y sus bienes a los pobres? En todo ello hay un sentido oculto que no comprendemos, y, sin duda, de superior utilidad, como la lluvia y el viento; porque el granizo haya roto nuestras campanas para melones, no hay que querer suprimir los huracanes. ¿Quién sabe si la ráfaga que tira un tejado no ensancha todo un bosque? ¿Por qué el huracán que destroza una ciudad no podría fecundar una provincia? ¡Ahí está nuestro orgullo! Nos erigimos en centro de la naturaleza, finalidad de la creación y razón suprema de ésta. Todo lo que vemos que no se adecúa a esto, nos asombra; todo lo que se nos opone, nos exaspera. ¡Lo que he oído, misericordia divina! ¡Las magníficas disertaciones que aguanté el año pasado, sobre la tromba de Monville! «¿Por qué ha ocurrido? ¿Cómo es posible? ¿Es concebible una cosa así? ¿Es la electricidad de arriba, o la de abajo? ¡En una semana, tres fábricas derribadas y doscientos hombres muertos! ¡Qué horror!» Y las mismas personas que decían esto, mientras hablaban, mataban arañas, aplastaban babosas, o, solamente para respirar, absorbían quizá por sus narices miríadas de átomos animados. (Monville, comprendes, fue una enfermedad para mí; lo vi desde demasiado cerca; oí hablar del asunto, discutir y babear todo un invierno; ¡estoy borracho de eso!) En cuanto a lo segundo de que me hablas, la proclama de Schamyl, puede ser algo curioso, es cierto; pero hay tantas cosas curiosas en este mundo, sobre todo para un hombre que puede decir como Angély: «Yo vivo por curiosidad», que si hubiera que verlas todas, no daríamos abasto. Sí, me disgusta profundamente el periódico, es decir, lo efímero, lo pasajero, lo que es importante hoy y no lo será mañana. No se trata de insensibilidad. Sólo que simpatizo igual de bien, quizá mejor, con las miserias desaparecidas de los pueblos muertos, en las que nadie piensa ahora, con todos los gritos que lanzaron y que ya no se oyen. No me apena más la suerte de las clases obreras actuales que la de los esclavos antiguos que hacían girar la rueda de molino; no más, o tanto. No soy más moderno que antiguo, más francés que chino, y la idea de la patria, es decir, la obligación en que se ve uno de vivir en un trozo de tierra señalado en rojo o en azul sobre el mapa, y de odiar los demás trozos de verde o de negro, siempre me ha parecido atroz, limitada y de una estupidez feroz. Soy el hermano en Dios de todo lo viviente, de la jirafa y del cocodrilo tanto como del hombre, y conciudadano de todos los inquilinos del gran caserón amueblado que es el Universo. No he entendido tu asombro, en cuanto a la belleza de aquella proclama.