Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Por mi parte, pienso que es porque: primero, es bárbaro, segundo, musulmán, y sobre todo fanático, por lo que ha dicho cosas hermosas. La poesÃa es una planta libre; crece allá donde no la siembran. El poeta no es sino el paciente botánico que escala montañas para ir a cogerla. Y ahora que he descargado mi corazón —pues ya hemos vuelto varias veces a este tema que no quieres comprender—, hablemos de nosotros, y besémonos dulce y largamente en ambos labios.
Ayer y hoy hemos dado un buen paseo; he visto ruinas, ruinas que amé en mi juventud y conocÃa ya, donde habÃa venido a menudo con los que ya no están. Volvà a pensar en ellos, y en los demás muertos que nunca he conocido y cuyas tumbas vacÃas pisaba. Sobre todo, me gusta la vegetación que crece en las ruinas; esa invasión de la naturaleza, que se echa en seguida sobre la obra del hombre, cuando la mano de éste ya no está para defenderla, me alegra con un gozo profundo y amplio. La vida viene a colocarse de nuevo sobre la muerte; hace crecer la hierba sobre los cráneos petrificados, y, en la piedra en la que uno de nosotros esculpió su sueño, la Eternidad del Principio reaparece con cada floración de mostazas amarillas. Me agrada pensar que algún dÃa serviré para hacer crecer tulipanes. ¡Quién sabe! El árbol a cuyo pie me pongan dará quizá excelentes frutos; a lo mejor seré un soberbio abono, un guano superior.