Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Si queréis buscar a la vez la Felicidad y la Belleza no alcanzaréis ni una ni otra, pues la segunda no llega más que mediante el sacrificio. El Arte, como el Dios de los judÃos, se nutre de holocaustos. ¡Vamos, lacérate, flagélate, revuélcate en ceniza, envilece la materia, escupe sobre tu cuerpo, arráncate el corazón! Estarás solo, te sangrarán los pies, un asco infernal acompañará todo tu viaje, nada de lo que causa la alegrÃa de los demás causará la tuya, lo que es pinchazo para ellos será rasgadura para ti, y rodarás, perdido en el huracán, con ese pequeño fulgor en el horizonte. Pero crecerá, crecerá como un sol, sus rayos de oro te cubrirán el rostro, penetrarán en ti, te verás iluminada por dentro, te sentirás ligera, toda espÃritu, y después de cada sangrÃa pesará menos la carne. No busquemos, pues, más que la tranquilidad; no le pidamos a la vida más que un sillón, y no tronos, más que satisfacción, y no embriaguez. La Pasión congenia mal con esa larga paciencia que exige el oficio. El Arte es lo bastante vasto para ocupar a un hombre entero. Distraer algo de él es casi un crimen, es un robo que se hace a la idea, una infracción al deber. Pero somos débiles, la carne es blanda y el corazón, como una ramita cargada de lluvia, tiembla con las sacudidas del suelo. Necesita uno aire, como un prisionero, te asaltan flaquezas infinitas, se siente uno morir. La prudencia consiste en arrojar por la borda la parte más pequeña del cargamento, para que el navio flote cómodamente.