Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Has acusado estos dÃas a los fantasmas de Trouville; pero te he escrito mucho desde que llegué a Trouville, y el retraso más largo del que soy culpable ha sido de seis dÃas (ordinariamente, no te escribo más que todas las semanas). ¿Es que no te has dado cuenta de que aquÃ, precisamente, recurrÃa a ti, en medio de la soledad Ãntima que me rodea? Todos mis recuerdos de juventud gimen bajo mis pasos, como las conchas de la playa. Cada ola del mar que veo derrumbarse despierta en mà resonancias lejanas. Oigo gruñir los dÃas pasados y apretujarse como olas toda la serie interminable de pasiones desaparecidas. Recuerdo los espasmos que tenÃa, tristezas, codicias que silbaban a ráfagas, como el viento en los cordajes, y anchos deseos vagos que giraban en torbellino en la oscuridad, como una bandada de gaviotas salvajes en un nubarrón de tormenta. ¿Y en quién quieres que descanse, si no es en ti? Mi pensamiento, fatigado de todo este polvo, se recuesta asà sobre tu recuerdo, más blandamente que sobre un retazo de césped. El otro dÃa, a pleno sol, completamente solo, hice seis leguas a pie por la orilla del mar. Me llevó toda la tarde. Volvà ebrio, de tantos olores que habÃa aspirado, y tanto aire libre. Arranqué varec, recogà conchas y me tendà de espaldas sobre la arena y la hierba. Crucé las manos sobre mis ojos y miré las nubes. Me aburrÃ, miré las amapolas, me dormà cinco minutos en la duna. Me despertó una lluvia fina. A veces oÃa el canto de un ave que cortaba intermitentemente el ruido del mar. A veces un arroyuelo, filtrándose a través del acantilado, mezclaba su suave chapoteo con el gran golpear de las aguas. Volvà cuando el sol poniente doraba las ventanas del pueblo. HabÃa marea baja. El martillo de los carpinteros resonaba sobre la carcasa de las embarcaciones en seco. OlÃa a alquitrán y a ostras.