Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Observación de moral y de estética. Un buen hombre de aquí, que fue alcalde durante cuarenta años, me decía que a lo largo de ese espacio de tiempo no había visto más que dos condenas por robo, en una población que es de tres mil habitantes. Me parece algo luminoso. Los marinos, ¿son de otra pasta que los obreros? ¿Cuál es la razón de eso? Creo que hay que atribuirlo al contacto de lo grande. Un hombre que tiene siempre ante la vista tanta extensión como puede recorrer el ojo humano debe obtener de esa frecuentación una serenidad desdeñosa (véase el despilfarro de los marinos de cualquier grado, su despreocupación por la vida y por el dinero). Creo que en ese sentido es donde hay que buscar la moralidad del Arte. Será, pues, como la naturaleza, moralizador por su elevación virtual, y útil por lo sublime. La visión de un trigal es algo que alegra más al filántropo que la del Océano, pues está convenido que la Agricultura empuja a las buenas costumbres. Pero ¡qué mequetrefe es un carretero junto a un marino! El ideal es como el sol. Él, completamente solo, se traga todas las porquerías de la tierra.