Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Se ha mandado construir un chalet encantador que da que hablar en la región. El exterior es verdaderamente digno de un hombre de buen gusto; pero es tan señorial por dentro, que resulta atroz. Se le ha ocurrido decorar su salón con marinas pintadas al fresco (¡marinas frente al mar!). Todo está pintarrajeado, dorado, candelabrado. Es pomposo y tosco. La pataza del boyero hace crujir el guante blanco del señorón. Allá vive, rabiando por no ser gobernador, aburriéndose mucho, fingiendo divertirse, y aspirando a la heredera como la nariz del tío Aubry a la tumba. Palabras: «He renunciado a las vanidades, desprecio el mundo, ya no me ocupo más que de arte». ¡Ocuparse de arte es tener vidrieras de colores en la escalera, con muebles de roble de estilo Luis XIII! En su dormitorio he visto tomos de Fourier: «Es bueno (decía él) leer de todo. ¡Hay que admitirlo todo, aunque no sea más que para refutar a esos muchachos! ¡Y ya ha podido usted ver en el Parlamento cómo las gastaba yo con ellos!». En el Parlamento se ha ocupado mucho de la cuestión de la carne, y ha hecho incluso, a sus propias expensas y acompañado de otros muy sesudos (o muy bocazas), un viaje a Alemania con el fin de estudiar el buey. Cuando se hubo vestido (cenaba fuera), salimos juntos. Al pedir yo fuego para encender un puro, me hizo entrar en la cocina. «Tengo sed, ve a buscarme un vaso de sidra», ordenó a una especie de vaquerito que allí estaba. El niño subió al hermoso comedor y volvió con dos vasos y una garrafa de cristal. «Demonios coronados, jodido imbécil, te he dicho en un vaso de cocina». ¡Estaba exasperado!, y mostrándome él mismo los dos vasos (que bien valían tres o cuatro francos la pieza), dijo: «Sería un fastidio romperlos; vea el filete. He encargado unos vasos artísticos. Tengo empeño en que, en mi casa, todo tenga un sello particular». Después de su cena tenía que ir a hacer visitas, a bailar en el salón de los Baños, a jugar al whist en casa de la señora Pasquier, ¡y durante diez minutos no había dejado de hablarme de la soledad!


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